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menosesmas
7.3.04
 
Los goleadores nacen, los demás se hacen

Iba hacia el puesto de diarios cercano a mi casa. Mientras caminaba por la calle para despertarme con el sol de las 10:30, escuché el ruido de un motor. Sin detenerme, giré la cabeza y vi que se acercaba un camión. Por instinto natural o por experiencia social, trabé mis músculos: los de la espalda, los brazos, el cuello y hasta (creo) los que recubren el cráneo. No alcanzó para evitar completamente la sorpresa (y el dolor) que me causó la piedra al golpear mi brazo izquierdo. Un ardor inmediato, fluctuante, localizado cerca del hombro. Volví a mirar hacia el vehículo, ya un par de metros detrás de mí. Lo acompañé con los ojos mientras me rebasaba: descubrí cuatro o cinco rostros asomados entre la lona que cubría el perímetro de la caja del camión y la que hacía de techo; rostros anónimos como los de los chicos que mueren de hambre en Argentina, como los de las víctimas del gatillo fácil, como los de esas chicas que son violadas y asesinadas y arrojadas en los bosques o a las fieras y aparecen en las pantallas de televisión, rodeadas de llanto y luego desaparecen y vuelven al anonimato.
“Negros de mierda”, podría haber pensado. Pero pensarlo (o decirlo) hubiera sido un error.
Está claro para mí (y para ellos) que su piel era mucho más oscura que la mía, por más que mi blancura se encontrara oculta bajo el bronceado conseguido en ociosas tardes de verano en las playas al sur del faro. Decidí no utilizar la frase en cuestión porque la preposición “de” indicaría que el ser “de mierda” es una característica intrínseca de los agresores, como si hubieran nacido rellenos de heces, como si revolcarse entre excrementos fuera su seguro origen y su invariable destino.
En vez de referirme a ellos como “negros de mierda”, considero apropiado describirlos como “hechos mierda”, sin detenerme en tonalidades epidérmicas. “Oprimidos”, en términos de Paulo Freire, inmersos en una situación que los llevó a agredirme sólo por estar caminando despreocupadamente en mitad de la mañana cerca de calle Güemes, por mi cabello relativamente rubio, por representar (sin que sea mi intención) aquello que odian, que aborrecen, que desean eliminar y no pueden, no saben, sólo tiran una piedra al lugar equivocado (no porque yo me considere libre de pecado, sino porque no creo ser el pilar que haya que derribar para solucionar sus -y por eso nuestros- problemas).
Algo tenemos en común: ellos no saben cómo acercarse a mí, yo tampoco conozco la manera de llegar hasta ellos.
 
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